Miércoles 2 de diciembre

Hace ya seis días que estoy aislada. Ayer me confirmaron que tengo COVID. Seis días en los que me traslado de la cama a la mesa del patio, de la mesa del patio al escritorio, del escritorio al sillón, del sillón a la hamaca, de la hamaca al escritorio. No diría que me siento mal, pero sí que si me muevo mucho me mareó. Mi máximo movimiento son los tres saludos al sol cuando me despierto, despacio, para que esa náusea no prospere. Apenas si puedo barrer: ahorro energía y mareo.

Los días pasan trabajando lo justo, con platos enormes de frutas en el desayuno y la merienda —que no logro discernir si es por ansiedad, ganas de comer o hambre—, leyendo al sol y dibujando: un dibujo por día de estos días de aislamiento.

Lo primero que voy a hacer el día después del alta es ir en bici a acampar. Me urge sentir en el cuerpo todo lo que contrario a lo que sucede estos días: aire libre, naturaleza y movimiento.

Lunes 7 de diciembre

Hago galletas. Tomo un café. Voy a casa de papá y mamá. Siento que la gente me mira como si supiera que estuve aislada hasta ayer. Es imposible, pero con cada persona que me cruzo me miro a los ojos. Armo las alforjas. Cargo la bici. Para un viaje de mil kilómetros necesito llevar casi las mismas cosas que para una salida de dos días. Algo más de ropa. Algún repuesto más.


Salgo y apenas el asfalto se transforma en tierra y las casas en pasto, mi cuerpo se relaja. La naturaleza solo me hace bien.

escapada en bici al campo
escapada en bici al campo
escapada en bici al campo

Mientras pedaleo, hago una lista mental de los animales que escucho o veo:
sapos,
perdices,
garzas,
benteveos,
pericos,
grillos,
cuyes,
lechuzas.

A veces freno para escucharlos con claridad, para reparar solo en eso, para que ni el ruido de la bici cuando avanza en la tierra interfiera. Salí durante todo el año a pedalear por el campo y podría jurar que cada semana es diferente. Por ejemplo: ahora hay sapos, porque llovió y los sapos aman los charcos. Por ejemplo: ahora hay cardos florecidos porque es verano. Por ejemplo:  ahora el cielo es de un celeste saturado que encandila.⁣

A las 6 de la tarde armo la carpa en un campo, al lado del corral de ovejas: es el lugar donde queda más oculta desde el camino. En el campo solo estamos las ovejas, un caballo y yo. Preparo el mate, busco las galletas y me siento a ver el atardecer. Las moscas me invaden. Las ovejas me miran, curiosas.

La piel empieza a respirar después del calor del día. El sol desaparece y las moscas también.  Ahora hay mosquitos. Siento que los bichos se pasan la posta, que cada uno tiene su momento en el día. Me pregunto si, por ejemplo, las moscan duermen. No tengo respuesta, pero me gustaría.

Me meto en la carpa para cambiarme. Salgo a los quince minutos y me pregunto en qué momento se transformó: el campo y el cielo ahora son azul profundo y todo a mi alrededor, puntos de luz. El campo titila y hace juego con el cielo. Parece, también, salpicado de estrellas. Nunca había visto tantos bichitos de luz.

Martes 8 de diciembre

Dormí con miedo, si se le puede llamar dormir a dejar el tramontina al alcance de la mano, a respirar profundo para relajarme, a despertarme a cada hora, a transformar cada ruido en pasos, a asustarme incluso con los roces de la bolsa de dormir, a rogar que la noche pase rápido, a soñar feo, a confundir un bichito de luz intenso con una linterna. Un miedo fundado pero infundado. Fundado en ser mujer y en la vida misma. Infundado, porque la carpa no se veía desde el camino, porque no había nadie en el campo, porque nadie camina por ahí. No es que «todavía» siento miedo: no sé si, alguna vez, como mujer, voy a dejar de sentirlo, y eso me da bronca. Pasa el tiempo y el miedo sigue, como un bulto pegado a mí. Quisiera poder extirpármelo, sacarlo y tirarlo lejos, pero aunque lo haga siempre vuelve. Es como una sombra que aparece cada vez que acampo sola.

⁣El miedo caduca cuando veo una luz naranja al ras del horizonte: está amaneciendo. Me froto los ojos, miro la hora: son las 5:22 y la alarma que puse para ver el amanecer todavía no sonó. Me pongo el pantalón, la campera y las zapatillas. Más allá de esa franja naranja sol, el cielo está azul noche. Todavía está la luna y todo es silencio.Cambio la yerba, busco el termo que dejé preparado anoche con agua caliente y me siento en las raíces de un árbol como si fuera la falda de una abuela. Me tapo con la bolsa de dormir: aunque al mediodía estén anunciados 30°C, a esta hora la humedad hace temblar de frío.

amanecer en el campo

Miro al horizonte, me cebo un mate, espero y siento como si los insectos harían lo mismo: en el momento exacto en que salió el sol, unos minutos antes de las 6, el sonido de los bichitos se hizo más fuerte. Como si lo celebraran, como si lo recibieran, como si supieran que empieza un nuevo día y eso es digno de festejar. En esos momentos me pregunto si yo me sugestiono con la naturaleza, si me gusta tanto pensar que hay una magia en los ciclos y en lo que nos rodea, que veo y escucho cosas donde no las hay. Llego a la conclusión de que tampoco me importa tanto. A veces no necesito la lógica: solo me importa sentir.

Autora

Me gusta ver este blog como un espacio en el que compartir mis viajes para animarte a que vos también te lo hagas. Vas a encontrar historias, fotos, info útil y consejos para te animes y des el primer paso.

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