Argentina

EL SILENCIO DEL CUERPO (o apuntes sobre volver de viaje)

I.

Aprendí a bucear en Egipto. La primera vez que estuve sumergida en el mar, con el traje de neoprene ajustándome la piel, las antiparras sobre mi cara y el tubo de oxígeno en mi espalda, mis ganas de decirle al instructor lo feliz que estaba tuvieron un freno: estaba bajo el agua. Fue una revelación obvia e inesperada,  que volcó hacia adentro esa felicidad como si se tratara de una media que doblo para guardar, y alquimizó la euforia en calma, la emoción en paciencia, la ansiedad en su prima más hermana: presencia. Lo recuerdo al instructor, flotando vertical frente a mí, mirarme a través de las antiparras enormes y llevarse una mano con calma hacia la cara, como estuviera arrastrando aire y no toda esa masa de agua que había entre nosotros. Me estaba diciendo que respire lento. Me estaba diciendo De a una cosa a la vez.

Escribir sobre volver apenas vuelvo de viaje es como pretender hablar de estar buceando mientras estoy sumergida en el agua: es físicamente inviable. Tengo que acompasarme al ritmo calmo de mis piernas que me llevan, a mi respiración profunda y constante, a mi cuerpo que se funde con el cuerpo del mar. Luego, solo luego, una vez que salga al aire, que pise la arena, solo luego de nadar agua arriba también lento, muy lento, para que mi sangre se acople al aire de nuevo, para que mis venas recuerden otra vez esta presión, para que mi piel recupere el contacto, solo ahí, puedo hablar, puedo decir, puedo compartir: la tortuga gigante que pasó nadando en cámara lenta, los corales blancos y rosas en el fondo del mar, el silencio envolvente y flotante, ese tiempo tan distinto al tiempo.

Escribir requiere paciencia: con mis emociones, con lo que está sucediendo y con la escritura en sí.

II.

Estoy escuchando una charla sobre unos cascos nuevos para ciclismo. Dicen que, gracias a la tecnología, ahora se rompen mejor. Algo así como que la parte externa pivotea mientras la interna queda fija en la cabeza, lo que ayuda a reducir el daño en caso de impacto. Con los autos pasó lo mismo: en las últimas décadas, la tecnología evolucionó para hacer que se rompan cada vez más fácil y mejor. Sobre todo mejor: mejor se rompe el auto, menos se rompen las personas. Mi cabeza se dispara. Eso necesito yo: crearme un algo que me ayude a impactar mejor. Volver es un impacto, y yo no quiero crear un coraza, peros sí una membrana permeable, flexible que, a la vez, pueda romperse bien. Algo que me proteja pero no me aísle. Algo que me acompañe pero no me ahogue. Algo como un sostén que me ayude a impactar mejor.

III.

Cualquiera que haya viajado un tiempo largo o que viaje hace muchos años sabe que la quietud se vuelve, por un lado, un descanso necesario, algo así como unas vacaciones en sentido inverso y, también y aunque no nos lo digan de antemano o nos lleve un tiempo reconocerlo, un desafío proporcional a lo que fue alguna vez salir de viaje. En la quietud hay otros desafíos. Por ejemplo, darte cuenta de que te cuesta congeniar con la gente que antes congeniabas. Por ejemplo, que todo te resulta bullicioso, acelerado o demasiado. Por ejemplo, reasumir que los costos de la vida quieta son mayores que la vida de viaje. Por ejemplo, encontrar una dinámica que le de sentido a tus días.

No siempre es todo junto, y ahí respirás y agradecés y te dejás una notita pegada en tu escritorio, por si se te olvida: Lleva tiempo llegar.

IV.

Busco compulsivamente respuestas, guías, orientación, un tutor al que amarrarme como si fuera una plantita de tomates que necesita algo de lo que sostenerse para dar lindos frutos.
Me anoto en un curso y no conecto. Se me escurre el tiempo scrolleando en Instagram. Hablo con otros girando como un tornado sobre el mismo tema. Googleo libros a ver si encuentro una respuesta.

En algún momento noto que estoy gastando más energía en luchar por salir de ese estado mitad tristeza y mitad desorientación que si, simplemente, me entregara a él. Es fácil decirlo y mucho más difícil  hacerlo o, siquiera, definir qué significa entregarme. Solo intuyo que tiene que ver con la intención con la que hago las cosas: todos sabemos cuando hacemos lo que hacemos en busca de respuestas y cuándo en busca de sentir.

En una de esas búsquedas llego a un documento del CONICET. Habla del arte chamánico y del cambio de paradigmas. Dice: “La esencia del universo no es la materia sino la energía, donde lo permanente no es lo que existe, sino lo que va fluyendo a través del cambio y la transformación”.
Estoy en la calle cuando lo leo. Es junio, llegué hace dos semanas de Patagonia y está lloviznando. También hace dos semanas que estoy angustiada. Siento como un cachetazo dentro mío y no sé si es el aire helado o la certeza de que esto lo sé desde chiquita y se me olvida tan fácil que duele. Mi familia materna es espiritista y así fui criada. Mi abuela siempre me recordaba que somos energía, un espíritu encarnado en materia y que, entonces, cuando alguien muere lo que muere es el cuerpo. El cuerpo es el vehículo y yo sigo insistiendo en que mi punto de referencia sea ese: creo que llego de viaje cuando llega mi cuerpo y ahora recuerdo que no, que tal vez suceda cuando mi energía se ensambla a mis pies, cuando está disponible en donde estoy. Igual que la muerte, pero al revés.

Las respuestas están adentro mío, y yo soy como una caja: si todo está desordenado y bullicioso va a ser difícil encontrar lo que necesito.

V.

Hoy me llegó un mail que me había escrito a mí misma un año atrás. Decía: Pedalear, tirarme en el pasto a mirar el cielo, sentir el sol en la cara, los pies en el pasto, acariciar otro animal, jugar con niños, dibujar, pintar, escribir, escuchar Tash Sultana, leer mucho.

Hay una cosmovisión que en su calendario tiene días fuera del tiempo. Los días posteriores a volver de un viaje podrían ser los míos. Tomar a consciencia ese período de transición, saber que ese tiempo dedicado a mí está siendo, justamente, mi airbag para chocar mejor. Y que en esos días prime el silencio, silencio como forma de decir presencia en mí, como resabio del viaje, como recuerdo de lo importante y como sostén: para escuchar con atención las partes que se rompen y, también, las que se unen otra vez.

En ese silencio, entonces, puedo llegar a poemas como este de Wendell Berry:

Puede ser que cuando ya no sepamos qué hacer hayamos llegado a nuestro verdadero trabajo, y que cuando ya no sepamos qué camino tomar hayamos llegado a nuestro verdadero viaje. La mente que no está desconcertada no se emplea. La corriente obstruida es la que canta.

VI.

Ayer un amigo me escribió que estaba paralizado. El domingo viaja a Bolivia, le agarró ansiedad y siente que “algo raro le pasa”. Le mando un audio como de cuatro minutos y le cuento que eso me pasa al volver de viaje, que las dos primeras semanas me cuesta mucho acostumbrarme y que todavía lidio con el malestar que me produce no acostumbrarme tan fácil, como si pretendiera ser un robot que se adapta con un interruptor viaje-quietud. Le dije lo que yo misma necesito recordarme: no renegar de esa apatía, de esa falta de foco, de esa ansiedad, y contemplar que tal vez nos está indicando que necesitamos poner el foco en otro lado: en el silencio del cuerpo como el espacio necesario para impactar es decir, llegar mejor.

Me gusta ver este blog como un espacio en el que compartir mis viajes para animarte a que vos también te lo hagas. Vas a encontrar historias, fotos, info útil y consejos para te animes y des el primer paso.

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