Objetivo: unir Río Cuarto con Villa Yacanto.

Números: 175 km, 4 días de pedaleo

El plan: salir el miércoles por la mañana, levantarse temprano cada día, pedalear unas 7 hs por jornada.

La ruta: Las etapas, idealmente, serían Río de los Sauces, La Cruz, Amboy, Villa Yacanto y finalmente Santa Rosa de Calamuchita (idealmente en bici), para el domingo por la mañana cada una volver a su casa.

Río Cuarto-Espinillo: RN 36, asfaltada
Espinillo-Río de los Sauces: RP 11 hasta 5 km antes de Alpa Corral (según yo y Google Maps, 53km asfaltados), más 27,5 km por la RP 23 (ripio)
Río de los Sauces-La Cruz: 30 km siguiendo por la RP 23, de ripio
La Cruz-Amboy: 23,4 km de ripio por la RP 23, continuando con el ripio
Amboy-Villa Yacanto: 29 km por la RP 228
Villa Yacanto-Santa Rosa de Calamuchita: 30 km por la RP 228
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Pronóstico metereológico: lluvia miércoles y jueves, sol viernes, sábado y domingo.

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los pinares alpa corral

Dicen que la vida es aquello que sucede mientras hacemos otros planes, y pueda que los viajes cortos muchas veces sean el mejor resumen de que uno propone y la naturaleza, los caminos y la gente que nos cruzamos, dispone. De que uno no puede controlar todo, para no decir nada que no sea uno mismo. O eso me demostraron cuatro días de viaje en bici.

Había llegado a Río Cuarto para visitar a Lu, una amiga cordobesa, y viajar juntas unos días en bici. La idea era salir a la mañana siguiente y, en cuatro días, recorrer 175 km por caminos secundarios hasta Villa Yacanto. Nada del otro mundo: no eran tantos kilómetros ni el camino era tan difícil ni íbamos tan cargadas.

El primer imprevisto (mala planificación, tal vez), fue la mañana que supuestamente salíamos: Lu todavía tenía que comprar la parrilla (o portaequipaje), yo estaba terminando un nota, nos faltaban algunas provisiones por comprar. Así llegó el mediodía: Lu renegando para poner la parrilla, yo tipeando.  Y del mediodía llegamos rápido a las seis de la tarde: fue el tiempo que tardamos en almorzar, esperar que abra la ferretería, colocar la parrilla, armar los bolsos, cruzar la ciudad y arreglar mi rueda pinchada -porque, si faltaba un detalle, era ese: darme cuenta al salir que la rueda delantera estaba pinchada.

Aunque sabíamos que el sol se iría pronto, decidimos seguir igual: si lo postergábamos al día siguiente, todo se demoraría de nuevo. Además, en la gomería nos indicaron un camino de tierra más corto, más tranquilo y más rápido que la ruta. Al principio estaba hermoso: el atardecer, el aire en la cara, el camino solitario, el sonido la ruta a lo lejos. Después la oscuridad empezó a caer rápido; llamamos en unas quintas donde, aunque había luces prendidas, los únicos que nos respondían eran los ladridos de los perros. Un auto en el camino nos dijo que nadie nos iba a atender, que era tarde, que sigamos hasta Espinillo. Ya con la noche envolviéndonos por completo seguimos pedaleando. Llegamos rápido: la noche y el miedo (¿a la oscuridad? ¿a la nada? ¿al silencio?) (cuando digo oscuridad significa: oscuridad; caminos de tierra sin alumbrado, sin luz más que la de nuestras linternas frontales) nos hicieron pedalear con ganas. Buscábamos luces, alguien que nos atienda, pero nuestros únicos observadores eran los perros, que cuando los alumbrábamos los distinguíamos sólo por sus ojos.

Espinillo es un paraje atravesado por la RP 11 y dejado en el olvido desde que la RN 36 -la autovía- entró en funcionamiento. Era nuestra única opción, entre tanto campo, para encontrar un lugar seguro donde acampar. Frenamos: a nuestra izquierda, un tractor en marcha y un galpón iluminado nos dejaban adivinar que había gente a la cual preguntar; a nuestra derecha, una casa de campo viejísima con luces tenues en el interior, y una señora asomada a la ventana, espiando entre la cortina y el marco. Nos preguntamos si nos estaría mirando asustada o asombrada. Ver, a las ocho de la noche, dos chicas en bicicleta, podía llevar a cualquiera de las dos reacciones.

casa ruta espinillo
A la mañana siguiente la veríamos así. Como mi bici la dejé en Ecuador, me prestaron esta: tiene 7 años de viajes por el mundo. Un honor =)
detalles espinillo
Y encontraríamos detalles como este.

Aunque nos dijo que todos le decían nena, la señora tenía como noventa años. Nunca le pregunté, obvio. Su perro no paraba de laadrarnos, asustado, mientras ella nos indicaba las dos posibilidades: acampar en el poco cemento -resquebradizo, roto por los yuyos- del patio, o dormir en la piecita que había al lado. Pensando en un par de camas para pasar la noche, desatamos la cadena de la puerta, y la piecita resultó la otra mitad de la casa, pero abandonada, con algunos escombros, vidrios rotos y baldosas levantadas. Decidimos armar la parte interior de la carpa allí («sólo la parte interior, por las dudas: los bichos»; descartamos el cubretecho: «estamos bajo techo ya, no vamos a tener frío»). Armamos la carpa y me acerqué a pedirle agua caliente a la señora. A los quince minutos volví, cuando me dijo que estaría lista. Me dio el agua por la ventana, de dijo buenas noches y que a la mañana vaya a pedirle agua para que tengamos para el desayuno. Le dije que gracias bien fuerte, para que escuche, y se fue caminando lento, sin bastón, despacito como las tortugas.

A la mañana siguiente nos levantamos con frío: no nos habíamos dado cuenta de que la puerta tenía un agujero arriba, y que las ventanas de las otras habitaciones estaban rotas. Corría el aire pancho como por su casa. Afuera estaba gris, lloviznaba. Habíamos escuchado llover durante la noche, y el pronóstico nos había dicho que ese día, jueves, estaba anunciado lluvia. Pero también estaba anunciado para el día anterior y falló, y pensábamos que correríamos la misma suerte. Mientras Lu empezaba a acomodar las cosas, fui a pedirle agua caliente a nena para prepararnos el desayuno. Las puertas estaban cerradas, el perro que la noche anterior no había dejado de ladrar estaba acovachado en la entrada y por más que la llamé fuerte y golpeé la puerta varias veces, nunca apareció. Medio en chiste, nos preguntamos si de verdad viviría una señora ahí. Yo le había dado un beso cuando llegamos, así que lo descartamos y supusimos que no nos escuchó.

Alistamos las bicis, pedimos agua caliente al lado (no crean que no llevamos cocinilla: no podíamos hacerla funcionar), tuve el poco agradable gusto de desayunar en un galpón donde preparaban chorizos y embutidos (no necesité que el tipo me lo aclare: el olor hablaba por sí solo) y seguimos. A los trescientos metros empezaba la R11, y al ver el arco que anunciaba 55 km hasta Alpa Corral, nos dimos cuenta de algo: además de que ya eran la una del mediodía (nuestra idea de levantarnos temprano ni siquiera se había materializado en poner el despertador), el supuesto camino de asfalto en realidad era una mezcla de arena y tierra.

El aire estaba helado y húmedo; el cielo, gris; el camino, arenoso y los campos, apagados por la falta de sol. Lo peor de esos días no es el día en sí, sino cómo impacta mentalmente: te preguntás a cada rato qué estás haciendo ahí, pudiendo estar en cualquier otro lado. Duelen las manos, duelen los pies, estás mojado y pedalear se asemeja a andar en una cinta caminadora en la que nunca se llega a ninguna parte.

viaje en bici cordoba
Hasta en el lente se ven las gotas…
viaje en bici cordoba
Lu y la perra que nos acompañó todo ese día.

Una hora y media después encontramos una escuelita al costado del camino, donde paramos a pedir agua. Habíamos avanzado apenas unos quince kilómetros, por lo que llegar a Río de los Sauces -nuestro objetivo, en realidad, para el primer día- estaba descartado: faltaban 65 km., y al ritmo que llevábamos no llegaríamos hasta bien entrada la noche. Decidimos, en cambio, llegar hasta Río Seco y para pasar la noche allí. Así seguimos pedaleando, con el cielo gris inmutable y la llovizna constante. Tres señores que nos cruzamos en el camino, bien panzones de esos que te hacen notar que lo que más disfrutan en la vida en comer y tomar, nos dijeron que vayamos al club, que allí nos recibirían. Que vayamos de parte de ellos y que les digamos que nos den lo que necesitáramos.

Esta es la nuestra, pensamos. Sin embargo, cuando llegamos, la promesa no surtió tanto efecto. Nos miraron como preguntándonos qué hacíamos allí y nos dejaron dormir en el salón, como hubiesen hecho con cualquier que llegaba muerto de frío como nosotras estábamos en ese momento. Armamos nuestra carpa en el enorme espacio para doscientas personas, preguntándonos cuántas veces podrá, un pueblo de setenta habitantes, usarlo. Nos cambiamos de ropa y pasamos el resto de la tarde al lado de la salamandra, tomando mate, secando toda la ropa húmeda y conversando sin parar. Tuvimos que ponernos al día después de dos años sin vernos. Lu es una de mis amigas con la que, aunque pierda el contacto durante mucho tiempo, cada vez que nos vemos, somos un mar de energía: así como ella me dice que yo la motivo, ella me inspira mucho a pensar en voz alta, imaginar proyectos y materializar ideas. Una persona que más que sumar, multiplica.

arena bici
Así estaba la cosa…
pies calientes
El placer de poner los pies al lado de una salamandra…
mate merienda
Mate (en vaso de plástico), galletitas de arroz y… azúcar mascabo. Uno se arregla con lo que tiene.

A la noche llegaron «los señores que juegan a las cartas», como nos habían previsto, que se instalaron, trago en mano, a jugar a la mosca (casi arrimo silla hasta que me dijeron «¿Querés jugar? Son 100$»). Nosotras cenamos –sin despegarnos de la salamandra- y cuando todos se fueron nos fuimos a dormir.

carpa club

avena
Avena + manzana + canela + azúcar mascabo + pasas: uno de mis desayunos ciclistas/¿trekkinistas? preferidos.

viaje en bici dormir en club

rio seco cordoba
No por nada se llama Río Seco el pueblo…

Al día siguiente no nos explicamos qué pasó: nos despertamos a las 8 con la alarma, conversamos un rato e hicimos fiaca, pero cuando miramos el reloj de nuevo, eran las once. Y ponernos en marcha lleva siempre el mismo tiempo: son dos horas entre desarmar la carpa, guardar todo, desayunar y alistar las bicicletas. Arrancamos, de nuevo, pasada la una. Esta vez, por suerte, el clima estaba de nuestro lado: había sólo algunas pocas nubes, y el sol asomaba para calentarnos la piel. Pedalear así daba gusto. Y no sé si fue por el cambio del clima o el paisaje realmente cambió, pero los campos dejaron de parecer grises y se tornaron verdes, ondulantes, con molinos que los adornaban y las montañas de Merlo en el fondo. Esta vez, parar a comer no significaba luchar contra el frío, sino disfrutar pelar las naranjas, estar bajo el sol y el silencio del lugar. Después seguimos pedaleando felices, parando a sacar fotos a cada detalle que queríamos. No teníamos apuro, y el sol nos hacía disfrutar de nuevo lo más lindo de viajar en bicicleta: el camino.

No recuerdo bien en qué momento lo dijimos en voz alta ni quien lo sugirió primera, pero ambas ya lo habíamos pensado: ese día tampoco llegaríamos a Río de los Sauces y, en realidad, poco nos importaba ya. El plan del viaje había cambiado drásticamente desde el principio y recién en ese momento, tres días después, éramos capaces de aceptarlo. No sólo no llegamos ese día a Río de los Sauces: no llegamos nunca. Decidimos desviarnos unos kilómetros hasta Alpa Corral y terminar allí nuestro viaje en bici.

viaje en bici cordoba

camino de tierra cordoba

campo cordoba
Me enamoré de estos campos.

molino de viento

mujer viaja en bici
Ahora sí daba gusto parar a sacar fotos.
naranjas comida de viaje
Comida en el camino.

viajar en bici

sierras de merlo

alpa corral
Bienvenidos a Alpa Corral

Los planes están hechos para ser modificados, y así tuvimos que hacerlo nosotros: Alpa Corral nos recibió con una hora de sol para unos mates y pan con palta, y unos chicos que nos ofrecieron un lugar para dormir y compartir la cena. Y al día siguiente nos despidió en los pinares, al lado del río.

te desayuno
Té, sol, lápiz y papel: desayuno
pan palta tomate
Pan con palma y tomate: felicidad viajera
noche viaje en bici
Una cama, dos personas, una salamandra. Dormimos como bebés.
viaje en bici cordoba
Las bicis también durmieron adentro.
perro negro
Ese sábado, nos acompañó él.
pinares camino al rio
Camino al río con Carlos, quien nos hospedó en Alpa Corral.
los pinares
Lu en los Pinares. Creo que estaba todavía indignada por ver cómo los estaban talando.
mujeres viaje en bici
Con Lu en el río. Gracias por esos días =)

Pretender que todo salga tal cual lo planeado significa dejar poco margen a la sorpresa, poco espacio a la improvisación y poca predisposición a flexibilizarnos. Y eso, justamente, es lo que más suele suceder en los viajes.

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Realidad: unimos Río Cuarto con Alpa Corral.
Números: 70 km, 3 días de pedaleo
La realidad: salimos el miércoles por la tarde, cada día nos levantamos 10-11 am y pedalemoas unas 3-4 hs por jornada
La ruta: las etapa fueron Río Cuarto-Espinillo-Río Seco-Alpa Corral (y los 55 km de asfalto, fueron de ripio)
Realidad metereológica: lluvia miércoles y jueves, sol viernes, sábado y domingo.
Autora

Me gusta ver este blog como un espacio en el que compartir mis viajes para animarte a que vos también te lo hagas. Vas a encontrar historias, fotos, info útil y consejos para te animes y des el primer paso.

4 Comentarios

  1. Nati me quedo con tu reflexión final, no sabes cuantas veces me ha pasado que en mis viajes cortos o los que me permite mi tiempo de vacaciones, planifico pero creo que nunca he podido cumplirlo al 100% porque no depende de mí, porque la vida me sorprende, pero a la vez me ha llenado de historias y paisajes inesperados … (hasta me animaste a escribirlos, quizàs lo haga jaja)
    Un abrazo y que sigas disfrutando la ruta.

  2. qué placer estar en tu pagina! y mayor por haber compartido esta experiencia con vos! y saber que nos quedaron tantas horas de charla..feliz por poder contar con tan gran persona!
    y si..improvisación a full… de eso se trata la vida! pero al fin salió el sol para nosotras!!!

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