Ayer Ceci me contó que a fin de año hace una lista de todo lo obtenido en ese tiempo, desde lo más chiquito e irrelevante, como que le hayan regalado un libro o haber encontrado un champú que le funciona, hasta lo más grande e importante, como haber hecho un viaje o haber cambiado una conducta. Hablábamos de que, a veces, lo que nos propusimos a principio de año no lo conseguimos pero, en su lugar, obtuvimos otra cosa. No recuerdo si fue a causa de lo que me dijo que yo le conté o porque se lo conté que me dijo lo de su balance, pero sí recuerdo que ahí todo tuvo sentido. Le conté que mi idea había sido volver al blog en abril, después lo pateé a septiembre y acá estoy, enero y recién volviendo. Uno de los objetivos más importantes para el 2018 quedó a medio camino, suspendido en la lista de pendientes, difuso y tapado por otras actividades. Es que no había vuelto al blog porque no me había dado cuenta, no había entendido y ni siquiera había contemplado que antes, para eso, necesitaba algo mucho más importante, necesario y urgente.

Cuando hice mi lista de objetivos para el 2018 puse cosas como leer 24 libros, correr algunos triatlones, correr un 21k, ir a Uruguay, tomar clases de pintura y dibujo, viajar al sur, dar talleres de escritura, volver a viajar en bici, ser más puntual, volver al blog. No se me ocurrió, no se me pasó por la cabeza, una lista que diga

hablar de la estafa sin excusarme, sin maltratarme o sin sentirme culpable,
volver a estar con un chico,
volver a sonreír,
sentirme suficiente,
volver a confiar en otro,
volver a confiar en mí,
volver a creer que soy capaz,
volver a creer que puedo,
recuperar la autoestima,
recuperar la confianza en mí misma,
recuperar la seguridad en lo que hago,
volver a creer que lo que hago es valioso,
volver a creer que con lo que hago puedo llegar a algo.

Todo eso. No se me había ocurrido, tal vez porque cuando uno está mal se olvida lo bien que se siente estar bien, porque objetivos como volver a creer que soy capaz no tienen ninguna forma tangible de medirse o porque, a pesar de todo, sabía que está bien estar mal.

Por mal quiero decir enajenada, sin motivación alguna, sin una razón para levantarme cada día. Rota. Me recuerdo muchas veces diciendo Me estoy juntando de a pedacitos. Porque esa era la exacta sensación que tenía: juntarme de a pedacitos. Sabía que yo, quien era de verdad, quien había sido antes, estaba tirada por ahí, desparramada, desperdigada por muchos lugares. Invisibles, intangibles, claro. Ni siquiera sabía dónde buscar, cómo hallarme. Mucho menos sabía cómo unirme. Es que, me pregunto ahora, ¿dónde quedan nuestros pedazos cuando nos rompen en mil partes? ¿Dónde los buscamos? ¿Qué puerta se toca? ¿Cómo saber cuándo los encontramos? ¿Cómo saber cómo volver a ser una?

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Escribo y lloro porque me recuerdo en 2017. Todo el año, absolutamente todo el año: llorando en la cama, llorando en la cocina, llorando en el auto, llorando en el patio, llorando a la noche, llorando a la tarde, llorando a la mañana. Quedarme dormida hundida en la almohada mojada. Secarme los ojos y mentir y decir que me estoy engripando para que no se note. Tragarme las lágrimas, estar con toda mi familia y solo poder mirar el piso -porque si miro a alguien rompo en llanto ahí, frente a todos. Llorando desconsolada, compulsiva, ahogada. Atada al llanto. Viviendo sin ganas, por inercia.

También hay flashes de alegría: cuando cuido a Santino y lo veo dormir, cuando hablamos con Flor y me evado un rato de mi mundo, cuando Mari me dice de salir a tomar una cerveza y respiro, cuando hablamos con el Chino y nuestras vidas tan diferentes no se notan, cuando mis abuelos caen de visita una tarde mientras pinto cajones para mi hermano, cuando decido empezar un emprendimiento de cocina y cuando aparecen los primeros clientes, cuando corro mis primeros 10k y siento que puedo y llego y me propongo hacer un triatlón, cuando entreno y cada día siento que rindo mejor que el anterior, cuando corro mi primer triatlón, cuando paso Navidad en casa después de cinco años fuera. Pero todo son flashes: en el fondo estoy triste, ajena, perdida, desarmada, repitiendo la historia una y otra vez en mi cabeza, una y otra vez, una y otra vez. Lo único que reconozco de mí misma es mi cuerpo. Adentro no hay nada. Ya no río con ganas, ya no tengo la energía que me caracterizaba, ya no tengo fuerzas, ya no tengo sueños o creo que son demasiado imposibles, ya no tengo esa confianza arrolladora, ya mi ego se hizo añicos y ahora hay solo inseguridad.

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Escribo y lloro porque en algún momento, diciembre tal vez, empecé a estar mejor. Y 2018 empezó mejor. Aunque, por supuesto, tuve mi propio subibaja. Había días en que me olvidaba de la tristeza en la vorágine de ir al médico de turno, entregar pedidos, hacer las compras, nadar o pedalear o correr -o todo eso-, almorzar y cocinar hasta tarde. Días hermosos en que tomaba decisiones y a pesar de mis miedos me daba oportunidades como
empezar la psicóloga,
dar un taller de escritura,
tomar clases de ilustración,
probar sin expectativas ni presión,
pedirle ayuda a papá,
aceptar que no sé,
decir que no,
decir que sí,
escribir -y publicar- sobre lo que quisiera,
cancelar un viaje,
quedarme en Buenos Aires.

También hubo días, muchos días, en que sentía que mi vida no tenía ningún sentido, en que me preguntaba qué estaba haciendo, qué sentido tenía lo que estaba haciendo, para qué carajos estaba parada en este planeta, sintiendo cómo la cara se me desvanecía y no había fuerza capaz de tirarme los labios hacia arriba. Y después iba a dar taller y sentía que volvía a respirar y que el mundo era un lugar un poco menos hostil. Recuerdo saberme mal pero respirar y confiar, autoconvencerme, hacer fuerza para creer en algo que, en parte, fue lo que me mantuvo a flote: la fuerte convicción de que los estados hay que atravesarlos. Sabía que estaba mal y no me esforzaba por estar bien, en el sentido de que no me interesaba aparentar que estaba bien. Estoy mal, pero ya estaré bien, me decía. Era casi un mantra. Ya estaré bien. Solo tengo que tenerme paciencia. Y, mientras tanto, eso sí, hacer cosas, por pequeñas que sean, que me hagan bien.

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Entonces, cuando uno hace su listado de propósitos, no pone cosas intangibles. ¿Cómo mide uno “sanar”? ¿Cómo puedo saber a ciencia cierta que recuperé la confianza en mí misma? ¿Dónde está el punto de quiebre para decir lo logré? Y resulta que en 2018 no volví al blog pero logré un montón de cosas geniales que necesitaba, para mí y para, ahora sí, volver a escribir acá. Sino, hubiera vuelto a medias, sin energía, sin poder escribir desde el aprendizaje, porque iba a escribir desde el dolor. En 2018 no volví al blog pero logré algo mucho, mucho más importante: volví a ser yo.

 

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Uno de los cambios y desafíos que me propuse para este año y esta vuelta es que los post sean audios. Leerlos, para que puedas, si querés, escucharlos. Es algo en lo que vengo pensando hace bastante, que me da mucho miedo y nervios pero que quiero intentar. Me encanta este formato. Lo descubrí el año pasado, un poco por leer los textos que llevaba al taller de escritura y un poco por escuchar y ver a  Hernán Casciari.

Titubeo en algunas partes pero no fui capaz de volver a hacerlo. Fue bastante fuerte emocionalmente, así que preferí dejarlo así. Espero sepan entender. Estoy segura que con el tiempo irán mejorando. Esto recién empieza =)

Y como recién empieza, por ahora está en SoundCloud y en YouTube. La idea es que esté en más plataformas, ojalá con el tiempo pueda hacerlo.

Me encantaría escuchar su opinión, si les gusta este formato, si les trasmite algo diferente al texto.

Ahora sí, es todo suyo. Gracias, de verdad.

 

Autora

Me gusta ver este blog como un espacio en el que compartir mis viajes para animarte a que vos también te lo hagas. Vas a encontrar historias, fotos, info útil y consejos para te animes y des el primer paso.

10 Comentarios

  1. Hola Nati
    Acabo de descubrir tu blog a partir de toparme con él por medio de un bloguero uruguayo que me gusta mucho. Leí algunos de tus posts y eso de que las cosas llegan en el momento adecuado es algo tan cierto. Me encuentro en una situación muy diferente a la tuya y sin embargo alguna de tus sensaciones a lo largo de tu proceso me resuenan hacia mi adentro y mi presente. También viajé y viajo nuevamente, me encuentro del otro lado del charco haciendo eso, pero hay una parte de mi que busca y quiere otra cosa. Me he dado cuenta de que este viaje se trata de reafirmar y aceptar (me) y para eso, muchas veces no queda otra que atravesar, procesar y vivirlo, por más que suene trillado decirlo.
    Me parece que escribís de una manera muy linda, transparente, transmitís muchas sensacionesy eso es muy valioso. Gracias por eso! Espero que cada día te sientas mejor.
    Un abrazo de una uruguaya por Croacia!

    • Nati Bainotti Responder

      Hola Ana! Qué lindo leer tu mensaje, me parece hermoso que la palabra nos conecte a pesar del espacio e, incluso, de las situaciones diferentes. Respecto a lo que cuentas, creo que siempre hay que atravesar, procesar y vivirlo, es la única y real forma de aprender y crecer =) Por lo menos esa ha sido mi experiencia siempre, no hay atajos en esto! Te mando un beso enorme!!

  2. Gracias!!

    Cuando andes por Córdoba avísame y tomamos unos mates o té en la montaña y charlamos de los procesos internos que nos acompañan en nuestro día a día, como a veces la tristeza.

    Abrazo!!

  3. Hermosa! Amé el texto y el aprendizaje que hay detrás. Sos enorme, que lindo que sientas que volves a ser vos! Montevideo nos hizo mucho bien a todas, que lindo que sigan cayendo las fichas de a poco y que siga siendo un puente.
    PD: no soy muy de escuchar audios pero el otro día me encontré buscando en Youtube cuentos leídos para escuchar mientras hacía cosas.. así que me encanta el formato. Gracias por el valor de leerlo en voz alta y por compartirlo!

    • Nati Bainotti Responder

      Gracias Sofi! Qué increíble que ese encuentro nos haya activado a todas, qué hermosa la energía que circula y nos nutre cuando nos reunimos y nos apoyamos =) Gracias por todas tus palabras =)

  4. Marcelo Troncoso Responder

    Me encanta leerte nuevamente. Sonrió de felicidad al saber que estás bien. Tus proyectos a futuro son mágicos y espero que los puedas lograr. Te acompaño mientras puedo, te sigo, te siento. Espero que de todos esos pedacitos hayas armando un hermoso rompecabezas. Te quiero. Y tranquila que lo mejor está por llegar……..siempre…siempre.

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