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Camino por las callejones del mercado de Şanlıurfa. O capaz no es el mercado, sino meros puestos uno al lado del otro, bolsas enormes de picantes de todos los rojos, cajones con frutos secos, señores con bastones caminando, fuentes con quesos, mesas con pañuelos violetas con florcitas blancas, otros rojos y blancos y algunos otros negros y blancos, paredes de piedra, un hombre moldeando y repujando platos de cobre, manojos de ajíes disecados colgando, techos de zinc, hombres amasando y metiendo al horno a leña bollos de pan, muebles de madera colgando en los techos, y una mezcla de aromas a especias que envuelve todo el ambiente.

Camino con mi pan pita relleno con garbanzos, huevo, cilantro, tomate y lechuga, feliz de haber encontrado algo vegetariano casi de casualidad. Camino, miro, observo, huelo a mi alrededor. Şanlıurfa, o Urfa, no estaba en mis planes. No era lo que me esperaba. No esperaba ver hombres de babucha, camisa, saco y pañuelos en la cabeza. No esperaba gente tan amable. No esperaba que unas chicas musulmanas de mi edad se acercaran a preguntar de dónde era, y mostrarme su anillo de bodas con la mayor sonrisa de felicidad. No esperaba encontrarme con otro pueblo -el kurdo- dentro Turquía.

Camino, camino, camino, fascinada con lo que veo alrededor. Me detengo, pan en mano todavía, frente a un negocio con el frente de vidrio y unos cueros de animales colgando. Afuera, un señor, con babucha, chaleco y saco gris, está sentado en silencio, sin mirar nada en especial. Como esperando el tiempo pasar. Sentado en su banquito de madera, me mira mientras como, y apoya la mano en el piso en gesto de que me siente. Sonrío, no lo dudo.

Me siento, feliz, tranquila, relajada, todo fluye, como el viento y el aire y las estaciones y el viaje. Çay?, me dice el señor. Asiento con la cabeza, olvidada en ese momento de cómo se dice sí en turco. El señor llama a un nene, y en cinco minutos, tengo frente a mi ese vaso pequeño de vidrio, en forma de mujer como me dijeron alguna vez cuando llegué a Izmir; los dos cubitos de azúcar que van en el platito; ese té oscuro que acompaña cualquier desayuno, cualquier charla y muchas comidas.

Como. Sigo mirando alrededor. Respiro tranquila. Termino mi pan. Me sonrío con el señor. No hay palabras de por medio. Sólo una taza de té.*

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Me gusta ver este blog como un espacio en el que compartir mis viajes para animarte a que vos también te lo hagas. Vas a encontrar historias, fotos, info útil y consejos para te animes y des el primer paso.

19 Comentarios

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  2. Nati, tive vontade de chorar quando li esse texto. Você me fez reviver com detalhes e muita emoção esse momento incrível. Quanta nostalgia! Obrigada pela companhia, por me acompanhar em momentos maravilhosos como esses. Te quiero, bobi. <3

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    • Querida…. ¡Basta de copiarme todos mis comentarios! jajaja juro que leí el post y dije voy a escribirle sobre el pancito relleno… para qué… si titinroundtheworld ya lo deseó antes que yo! jajaja Nati preciosoo!!!! Amé Turquía igual que vos, y me encantaría volver sólo para pasar horas de la mano de un deliciososososo chai!

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  9. Me encanta! Cómo hecho de menos Turquía!! Me he trasnportado allí de nuevo, a todos los tés que me bebí en esas tazas con forma de mujer que nombras. Y he recordado esa sensación, esa amabilidad turca y esa tranquilidad que te envuelve estando allí. Gracias por este precioso veo veo. Un beso! 🙂

      • me relei todo mi post dos veces porq cuando lo vi en la seccion de comentarios pense que me lo decias por mi!! jajajaj Turquía es increíble, yo no dejo de pensar en cuándo volveré, es un país con mil lugares, rincones y secretos por descubrir =)

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