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Todavía estaba en la cama, acurrucada con un plumón, o una frazada, o una manta. Ya ni recuerdo qué era. Era febrero y allá, en Turquía, hacía frío. Será que lo escuché tantas veces que ya ni recuerdo cuando fue la primera vez. Y porque cada vez que la escuchaba, me gustaba tanto como si fuese la primera vez. No me cansaba. Ni me molestaba que me despertara en medio de la noche. Cada día, alrededor de las cinco de la mañana, la ciudad entera se cubría por esa música.

Una melodía dulce, acompasada, que inundaba toda la ciudad, y por unos momentos, parecía que todo lo que pasaba alrededor perdía importancia. Marcaba el inicio de un nuevo día, de un ritual, de un modo de vida. Para mí, era agradecer estar ahí, rodeada de ese sonido, despertarme cada día con esa música. No soy para nada religiosa, ni siquiera cristiana, pero vivir en un país donde la religión (tan diferente al catolicismo, la religión que delinea muchas cosas en Argentina por ser la oficial) empapa tantos aspectos de la vida social y cultural, me dejó maravillada.

Esa mañana, como cada una de las cinco veces al día escuchaba esa melodía, hice lo mismo: sonreir.

Todavía sueño con volver a Turquía y despertarme al amanecer con esa canción: la música de las mezquitas.

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Me gusta ver este blog como un espacio en el que compartir mis viajes para animarte a que vos también te lo hagas. Vas a encontrar historias, fotos, info útil y consejos para te animes y des el primer paso.

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