Esa mañana había sido un poco fatídica. Casi me creí deportada de Bolivia, teniendo que salir corriendo en menos de 24 hs del país, cortando de cuajo mi recorrido por estos lados, truncando así como si nada mi viaje en apenas su comienzo (aunque hace casi un mes que estoy, para mí es recién el comienzo). Resulta que, buscando la Embajada Argentina -yo sabía que estaba por ahí, pero no lograba encontrarla-, me topé con el/la algo-de-Migraciones, que me podía servir perfectamente, ya que lo que yo necesitaba era extender mi estadía en el país. Así que entré, me acerqué a una chica sentada en su escritorio en su situación, y le conté: que estaba viajando, que ya hacía un mes que estaba, que quería recorrer bastante y lento, que lo 60 días que me quedaban no creía que me alcanzaran, y, agregué como para darle un tono más simpático, que como estaba trabajando en una ONG a la vez, quería quedarme más tiempo para recorrer todo. Grave grave gravísimo error.

Resulta que para hacer trabajo voluntario en Bolivia, se necesita una visa especial, algo que yo desconocía totalmente. Por otro lado, yo trataba de explicarles que mi «trabajo» no era remunerado en absoluto, y que ni siquiera es que trabajaba 8hs por día en una oficina, sino que le daba a veces capacitaciones a los chicos que eran parte de la ONG. Y las cosas, en vez de mejorar, iban de mal en peor. La chica me pasó con otro chica, y luego con una señora, quien, literalmente, me acusó de mentirosa: me preguntó el nombre de la organización, la dirección de la oficina, el teléfono, celulares de las personas ahí, y al yo no poder darle ninguna información (y mi celular, donde tenía los números, lo había dejado para que lo liberen) me empezó a decir que le estaba ocultando información, que todas las ONGs tienen oficina (señora, qué errada que está…), que le estaba mintiendo. No quería escucharme, no quería ni siquiera hacer el esfuerzo de entender mi situación, ni me prestó atención cuando le dije que en la frontera jamás me explicaron que tenía que ir a migraciones cuando vieron que marqué «trabajo» y «turismo» en los casilleros (todavía me pregunto por qué marqué «trabajo»), que no es que era un trabajo de 8hs de oficina remunerado sino que algunos días me juntaba con los chicos a darles capacitaciones… Nada, nada. La mujer, implacable. Quería ir a la casa donde estaba parando, a ver quiénes había, a preguntar (¿?). Se ve que cuando le dije dónde era, la distancia la desanimó, y yo, que ya no sabía más cómo ablandarla un poco y hacer que me escuché, me largué a llorar. Así, sin más, me largué a llorar de bronca, impotencia y angustia. ¿Cómo podía ser que me estuvieran tratando de mentirosa? ¿Cómo podían creer que quisiera estar haciendo algo ilegal en un país si hubiese sabido que necesitaba algún trámite especial? ¿Cómo podían mostrarse tan poco amables y comprensivos, sin siquiera escucharme?

Me hicieron entrar en otra oficina, esta vez con un chico más joven que, o era más compresivo, o tantas lágrimas le dieron pena. Me hizo calmarme, me pidió que le contara mi situación, me escuchó, y me dijo «el tema es que ahora ella [refiriéndose a la señora] ya sabe que estás acá trabajando en una ONG, y si vos dices [hablan de vos, y conjugan de tú] ‘trabajando’, eso significa remunerado. Si te cruzas con un funcionario o alguien, no vuelvas a decir que trabajas en una ONG. Te puedes quedar, sólo te voy a poner en la tarjeta que no puedes trabajar ni estudiar. Y no llores, que va a parecer que todos en Bolivia somos malos». No sabía cómo darle las gracias. No se cuál es la implicancia de eso, no creo que alguna vez alguien me pida la tarjeta migratoria hasta que salga del país. Poco me importa, logré irme con mis 65 días restantes todavía para usarlos. No sé si podré salir y volver a entrar a Bolivia. Lo importante, es que puedo seguir.

Todavía agitada y cansada por llorar (no sé si le pasa a todos, pero a mi llorar me deja débil), empecé a caminar rumbo al negocio de la mamá de la casa donde paro, que ahí nos encontramos siempre para volver a la casa. En el camino, pasé por el Mercado Central, y mientras le estaba sacando fotos a una chicas sirviendo saice, veo una nenita con sonrisa tímida mirándome con cara de curiosidad. La miro y le devuelvo la sonrisa. Sigo sacando fotos. Vuelvo a mirarla, y seguía ahí, mirándome y sonriéndome. La saludo, y me animo a preguntarle si quería que le sacara una foto, a lo que me dice que sí sólo con la cabeza. Click click click. Listo. ¿Cómo te llamás? Ana. ¿Cuántos años tenés? 6. Le muestro las fotos. Se ríe. ¿Tus papás trabajan acá o viniste a comprar algo? Vine a comprar hielo, me dice. Siempre sonriendo, tímida.

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Su sonrisa, su inocencia, su transparencia, su curiosidad, sus ganas de foto (que en general, la mayoría es bastante tímido y reacio a las fotos), sus ganas de acercarse, me hicieron olvidar el mal rato de unos momentos antes, las lágrimas. Las pequeñas lindas cosas de la vida. Qué lindo es seguir viendo que las cosas más importantes de la vida son las más sencillas. Que bueno es poder darse cuenta cómo las sonrisas pueden cambiar todo en un instante. Qué poder.
* Este post forma parte del ¡Veo Veo!, un juego donde el 15 de cada mes, los que participamos escribimos sobre un tema escogido previamente. ¿La idea? Volver a ser niños durante un rato, una excusa para conocer otros lugares, historias, viajar a otros lugares sentados en casa de la mano de otros viajeros.  ¿Te interesa? Unite al grupo en Facebook, donde elegimos el tema y posteamo todos los veo-veos. Además, podés seguirno en Twitter con el hastag #veoveo.
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Me gusta ver este blog como un espacio en el que compartir mis viajes para animarte a que vos también te lo hagas. Vas a encontrar historias, fotos, info útil y consejos para te animes y des el primer paso.

20 Comentarios

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  5. Ayyy no. Terminé lagrimeando. Estamos acá todos festejando el día del amigo en mi casa en Nueva Zelanda con todos argentinos, todos festejando y yo llorando en la computadora jajajaja lo bueno es que me dio risa también. En fin, hermosísimo. Que bueno que terminó todo bien, me estresé pensando en tu situación. A veces uno trata de decir algo para mejorarla y lo empeora y encima parece que ese error no tiene fin… es un bajón pero por lo menos en este caso con final feliz. Y sí, las cosas simples son las mejores, creo que por eso lagrimié jaja siempre me emociono con estas cosas simples, fueron unas lagrimitas felices. Me encantóooo. Gracias por compartir la historia 🙂

    • Me alegro que te haya gustado! Tremendo, yo por querer hacerme la buena me salió el tiro por la culata, ya no sabía cómo hacer para no embarrarla más jajajaj Andá, andá a disfrutar!! Chau lágrimas, hola sonrisas!

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