Me encantan. Son tan naturales, tan auténticos. Tan llenos de colores, de aroma a fruta y queso y comidas calientes, de personas trabajando, de gente comprando. Tan llenos de vida. Muchas veces parecen desordenados, sucios, desorganizados, pero ese también es su encanto particular: tienen una belleza en su ritmo antes que en su aspecto. Son más lindos por lo que se vive en ellos que por lo que se percibe en un rápido vistazo.

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Listas para comer. Cotoca.
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Rodeada, Sucre.
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Colores. Sucre.
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Y más colores. Sucre.
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Y aromas. Sucre.
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Quesos. Sucre.
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Papa lisa y oca. Sucre.

En Bolivia hay muy pocos supermercados, pero lo que no falta en ninguna ciudad son sus mercados. No uno, sino varios. En el centro, en las afueras, en las veredas, en grandes edificios. Mercados que abren de lunes a lunes, siguiendo las horas del sol.

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Carretillas-piuesto en las calles de un mercado de Cochabamba.
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Veredas-mercado. Cotoca.
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El sector de carnes, Sucre.
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Sucesón de puestos, Sucre.

Cada vez que voy a un mercado siento que entro a un mundo aparte, con sus propias reglas, orden y belleza. Un mundo donde la gente llega a trabajar antes de que amanezca, hay platos de fideos y carne circulando tan temprano como a las 7 o 9am, venteros -como le dicen acá a los vendedores- dormidos en sus puestos a la hora de la siesta, gente almorzando uno al lado del otro en largas mesas o alrededor del puesto, mujeres manteniendo la limpieza de sus locales después de cada «turno» y comida a toda hora. Un ciclo que empieza y termina cada día.

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Descansando al solcito de la mañana, Sucre.
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Tejiendo en su puesto, Sucre.
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Atendiendo a la gente, Sucre.
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Detalles, Sucre.
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Hora del almuerzo, Tarija.

Y cada mercado, así como cada ciudad, tiene su particularidad. La primera vez que entré al Mercado Central de Tarija sentí que estaba en Santiago de Chile, al ver los pequeños locales con productos bolivianos y peruanos, con sus paredes abarrotadas desde el piso al techo con mercancía. Me trajo mucha nostalgia de esos días que iba a comprar frutas y verduras para la semana, y salía con siete bolsas, la mochila llena y diez kilos repartidos entre brazos y espalda. En Oruro estuve para un viernes de khoa (el primer viernes de cada mes, ofrenda a la Pachamama, y muchos pasillos estaban atestados de sahumerios, fetos de llama disecados, velas y otras cuestiones usadas como ofrenda a la Pachamama.

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Leyendo el diario, Tarija
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Comprando verduritas listas para la ensalada, Tarija.
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Preparando un almuerzo, Tarija.
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Esperando, Tarija.
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Contando monedas, Tarija.
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Hora del almuerzo, Tarija.
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En las veredas del mercado, la venta sigue. Tarija.

En Sucre, el Mercado Central tiene un lugar que me encanta: un patio central grande, con una fuente de agua -que no funciona, pero fuente al fin-, rodeado de puestos de jugos y frutas (por un lado, y de papas del otro) que está siempre lleno de locales y turistas: hace unos días, mientras esperaba que la mamita -como a veces se le dice a las mujeres que atienden los puestos- me prepare la ensalada de frutas, se largó a llover torrencialmente, con viento y todo. Tanto, que llegaba hasta los puestos, mojaba el pasillo, volaba papeles y amenazaba con tumbar sombrillas y todo. Las mamitas, riéndose por la situación, me hicieron entrar a sus puestos para que no me moje. En Cochabamba, fue el primer lugar donde a él (que recién llegaba a Bolivia para viajar conmigo un mes), las mamitas le dijeron que querían ser sus madrinas para cortarle las rastas.

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El sector de frutas y jugos, Sucre.
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En plena preparación de una ensalada, Sucre.

Y así como cada mercado tiene su particularidad, cada uno también tiene el potencial de esconder decenas de historias. Alguna vez en Tupiza, compartí mesa con la dueña del puesto y otras mujeres en el almuerzo, mientras me contaban las últimas noticias del día. En Santa Cruz, en un mercado pequeño del centro, me senté a comer masaco de plátano –uno de los horneados típicos de la región– y la señora me terminó invitando a compartir su almuerzo. En Cotoca, un pueblito cercano a Santa Cruz, mientras probaba arepas un martes antes del mediodía, charlaba con la dueña del puesto, una mujer mayor que me contaba que su sueño era conocer Argentina, Mar del Plata especialmente.

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A ellos también les gusta el patio del Mercado Central, Sucre.
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En su puesto, Sucre.
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Simpático el señor de los chorizos =) Cotoca.
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Betty, la señora de las arepas, ordenando el lugar antes de irse a almorzar. Cotoca.

Así son los mercados. Verdaderas ciudades aparte. Nunca se sabe qué puede pasar cuando se llega a uno. Sólo hay que estar atento.

Autora

Me gusta ver este blog como un espacio en el que compartir mis viajes para animarte a que vos también te lo hagas. Vas a encontrar historias, fotos, info útil y consejos para te animes y des el primer paso.

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