—Disculpen, ¿saben dónde queda el hostel… —No pude terminar la frase, las chicas me miraron con cara de miedo y desconfianza, y apuraron el paso.
*
Eran las ocho de la noche, y hacía cuatro horas que el sol había desaparecido. El aire estaba helado, aunque por ser fines de diciembre podría haber sido peor. De todas formas, yo estaba abrigada como lo venía haciendo en esos pocos días desde que había llegado: suéter, abrigo, gorro de lana, bufanda, guantes. Y como era un viaje corto, apenas una escapa de dos días desde Wels a Salzburgo e Innsbruck, sólo cargaba una pequeña mochila con lo suficiente para darme un ducha y cambiarme la ropa. O capaz por los nervios y la incertidumbre, había dejado de sentir el frío.
*
Me bajé del tren en Innsbruck y salí de la estación. Tenía un mapa de la ciudad, y direcciones de tres hostels anotadas. Busqué la más céntrica, y empecé a caminar. Calles empedradas, edificios iluminados, un grupo de chicos riéndose. Nada más pasaba. Cada cuadra que pasaba, la corroboraba con mi mapa. Nombres apenas pronunciables para mí, que los comparaba con cuidado entre el mapa y el cartel en la pared. Hasta que pasó lo peor: según mi mapa, había atravesado tres calles que  yo, en ningún momento, había visto. Tres calles absorbidas como en una película de magia.
*
Decidí cambiar de hostel, y elegí uno al azar, lo ubiqué en el mapa y empecé a caminar. La duda surgió: ¿estaré yendo bien? Calles donde apenas circulaban autos, parques desiertos y la temperatura que iba bajando no me animaban. La dirección era clara, y encontré la calle enseguida. Pero sólo eso, el número que tenía del hostel no existía. Saltaba de uno a otro, pero no había ningún rastro de alojamiento por esos lados. Me crucé a una estación de servicio, y le pregunté al chico que estaba atendiendo. No hablo alemán, él apenas hablaba inglés. Pero me quedó claro que, en esa zona, no había hostels. O él no sabía si había alguno.
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Seguí caminando, y la hora avanzaba. También aumentaba mi angustia; era mi primer viaje sola, la primera vez que llegaba a un lugar por mi propia cuenta, la primera vez que no tenía ningún contacto, la primera vez que iba a un país donde no hablaba su idiomas, la primera vez que me sentía tan perdida y desorientada.
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Volví a la primera opción, y pegué media vuelta al centro de la ciudad a intentar dar con el hostel. Ya habían pasado dos horas desde que había llegado, eran los días previos a Navidad y  las calles se vaciaban a cada minuto (más vacías de lo que estaban antes), y el frío de diciembre penetraba el abrigo. Me sentía caminando en un laberinto, pasando una y otra vez por las mismas calles sin entender cómo había dado vueltas en círculos. Milagrosamente, vi el cartel de un hostel en un edificio de cinco pisos, y aunque eran sólo las 10:30pm, todo estaba apagado. Me acerqué a la puerta, toqué timbre y esperé. Un hombre canoso, con gafas, vestido con un pantalón corto y una camiseta, abrió la puerta de madera. Parecía que lo había levantado de la cama, o de su sofá mientras miraba alguna película. Le pregunté por el hostel, y me dijo que cerraba a las 10pm. ¿Media hora y no me van a dejar pasar? ¿Hace más de dos horas que estoy deambulando perdida en la noche y me van a dejar ahí?, pensé. «Intento llamarlos», me dice. Sonó una, dos, tres veces.
* 
—Lo siento, no me atienden —me dijo, agarrado de la puerta, mirándome con cara de pena, y de que él poco podía hacer.
—¿Y no sabe dónde puedo quedarme? Hace más de dos horas que estoy buscando donde dormir —le dije con los ojos al borde de las lágrimas, mezcla de desesperación, desolación y angustia. Pasar toda una noche a la intemperie, con quién sabe cuántos grados bajo cero, en un país al que había llegado cinco días atrás, no me parecía muy alentador. Había estado buscando alguna iglesia abierta donde dormir en el piso estando por lo menos bajo techo, pero tampoco había tenido suerte con eso.
—Acá a la vuelta hay otro hostel— me dijo tratando de tranquilizarme.
*
Me indicó cómo llegar, le agradecí -todavía con ojos lagrimosos, perdidos en las calles empedradas y el cielo negro-, y me fui. Efectivamente, a dos cuadras a la vuelta, encontré donde pasar la noche: un edificio de tres pisos, un gran ventanal que daba a la recepción, y un cartel que decía «hostel» con luces amarillas. No lo había cruzado antes.
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A la mañana siguiente, después de desayunar, salí a recorrer la ciudad. Esta vez, hice un bollito con el mapa y lo tiré. No tenía necesidad de encontrar ningún sitio en particular. Menos, de tener un papel que me haga perder. Prefiero perderme por propia voluntad.
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No se necesita un mapa para encontrar algunos lugares…

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Un mapa, a veces, pierde más de lo que orienta en estos callejones

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Autora

Me gusta ver este blog como un espacio en el que compartir mis viajes para animarte a que vos también te lo hagas. Vas a encontrar historias, fotos, info útil y consejos para te animes y des el primer paso.

24 Comentarios

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  6. Jajaja!! Perdón, me río por el desenlace y el bollito que hiciste del mapa. Te confieso que me sentí un tanto angustiado, como acompañándote en esas calles solitarias.
    Te mando un abrazo!!!

  7. Nooo, que valiente!!! Nunca me ha pasado, todavia, de perderme en una ciudad de noche y que no sepa hablar una palabra del idioma del lugar!!! Insisto… si a mi me pasara esto, pensaria dos veces antes de contarle a mi mama… sino quien la aguanta despues!!! jajaja

    • Mis papás ya están curados de espanto con este tipo de historias mías jajaja Peor es decirle que me subi a la moto de alguien que me pasó enfrente y me dijo que me llevaba a conocer cabritos en su campo.. que juro que es cierto, y mi mamá se enteró por el blog =p

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  10. Ufff, qué momento!!
    Y no te moriste de ganas al otro día de ver dónde quedaban finalmente los otros hostels para sacarte la duda? Yo creo que no hubiera resistido la curiosidad:
    Saludos!

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  12. Es bonito dejarse perder por las ciudades que visitas aunque me puedo imaginar tu angustia por la noche, sin encontrar un hostel abierto… yo me hubiera puesto de los nervios, imaginando lo peor… menos mal que al final todo sale bien y las anécdotas siempre son lo mejor de los viajes… 😉

    • Si! A mi también me encanta perderme.. de día! jajaj O de noche pero sabiendo dónde voy a dormir =) Creo que en esos momentos, los nervios me quitaron posibilidad de imaginarme qué sería «lo peor» =p

  13. Linda historia. A pesar del mal momento que pasaste, seguro que a medida que pasa el tiempo recuerdas la anécdota con más cariño. Lo importante es que superaste con éxito tu primer viaje sola, con todas las dificultades incluidas 🙂

    • Por supuesto! Todas esas situaciones las guardo como anécdota, de hecho hoy en día, cada vez que estoy ante una situación fea, sólo pienso en que, en algunos días (u horas) lo voy a recordar riéndome… Y de todo siempre algo se aprende, alguna osa positiva se saca! =)

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