Es lo más parecido a un día de viaje.

Eso pensé. Hace unos veinte, tal vez treinta minutos, que Omar está hablando. Yo no sabía, todavía, que se llamaba Omar. Había frenado a inflar las ruedas, justo enfrente a su casa, por simple impulso. Había salido hacía apenas treinta minutos de mi casa y había pedaleado, fotos mediante, apenas tres o cuatro kilómetros.

Omar -yo no sabía todavía que se llamaba Omar- se acercó y me preguntó si necesitaba algo.

—¿Necesitás algo?

Le dije que no, que gracias, que solo estaba inflando las ruedas.

—Pensé que habías pinchado. Encima acá aparece cualquier porquería. Cuando llueve es peor. Pero hace tanto no llueve.

Se nota: la tierra vuela fácil, los yuyos están amarillos, los labios se agrietan rápido.

Le pregunté si, por casualidad, conocía algún lugar donde pueda poner la carpa para ver el amanecer. Hace varias semanas que tengo ganas de acampar una noche en el campo, pero ese limbo de comodidad en el que suelo caer cuando estoy en Rafaela, más el frío de estos meses, hace que me cueste tomar impulso para hacerlo.

Me menciona el camino abandonado que está a unos doscientos metros y acabo de ver; piensa, siento que amaga con ofrecerme su casa pero retrocede, le cuento de otro camino abandonado que encontré algunos cuadrados más allá, me pregunta si vendría sola, le digo que soy bastante miedosa. Me siento en el exacto momento en que sé que, para ofrecerme que me quede en su casa, solo necesita un impulso de confianza. No recuerdo cómo transicionó a contarme de los robos que sufrió en diciembre y su vecino un mes antes, pero sí recuerdo que no fue con intención de que tenga miedo. No. Simplemente me lo contaba, como quien tiene ganas de hablar, como quien se cruza con la vecina y la pone al día de las novedades. Así también me contó de su hijo Darío que iba en bici a la escuela en Rafaela -«Como a esta hora salía para allá, dormía en la casa de un tío, a la mañana siguiente iba a la escuela, pedaleaba hasta acá, almorzaba, trabajaba en el tambo toda la tarde y de nuevo, a Rafaela. Yo no sé cómo hacía. Hasta abanderado fue», me dijo- y cómo entró a trabajar a la fábrica, cómo la crisis del 2001 lo dejó sin trabajo por once meses y tuvo que volver al campo, cómo lo volvieron a llamar, cómo se juntó con una chica que conoció en el trabajo y que ya tenía dos hijos y que al principio a ellos no les gustó la idea pero que resultó muy bien, lo bueno que es y que por eso, por lo bueno que es, la primera vez que lo seleccionaron para encargado no le dieron el puesto pero después sí; que su otro hijo, el Osvaldo, no quiso saber nada con trabajar en la ciudad y entonces le compró los animales a él y le alquila el campo a la mamá y todos los días va y viene desde Rafaela para trabajar ahí pero que él le dice que es un tonto, que mire al Darío que tiene casa, auto y no reniega, que tiene todo.

El nombre, su nombre, lo supe cuando anoté su celular. Entre un tema y otro se quedaba pensativo: Así que estás buscando un lugar donde acampar, decía. Yo le comentaba que todos los campos están cercados y sembrados y entonces no puedo poner la carpa, que los caminos son todos transitados y que por eso había pensado en acampar en ese caminito abandonado que empieza a llenarse de arbustos, que está a unas calles paralelas. 

La tercera vez que dice eso, Así que estás buscando un lugar donde acampar, sugiere, balbucea, me dice casi con vergüenza, que puedo acampar en el patio de su casa. Yo sabía que ese momento llegaría, yo sabía que era cuestión de tiempo: se le notaba en la mirada, en sus pasos sobre la tierra y en las vueltas insistentes sobre el tema. Lo aprendí un día pedaleando por Ecuador: hay gente que quiere dar y solo están a una conversación de distancia para ofrecerlo.
Anoto su nombre, su apellido y su celular para avisarle antes de ir, para no caerle así sin más, le digo. Saluda a su hijo que se va, y a su nieto que hasta hace un rato jugaba levantando tierra al lado nuestro. Hay unas veinte o treinta vacas a uno y otro lado de la casa y me veo mirando un atardecer intentando acariciarlas. La luz, ahora, muta de ámbar a rosa y el cielo se va poniendo rugoso, empieza a hacer frío y la noche está a cuarenta, a treinta, a veinte minutos. 

Una mujer, su mujer, se acerca con un balde en la mano, me mira como pidiéndome un segundo para decirle algo —Acordate que tenés que darle agua a los animales, Sisi, ahí voy—, me pregunta de dónde vengo, me cuenta que alguna vez trabajó en la casa de alguien del barrio con una precisión de detalles, los mismos que me daba cuando me hablaba de sus hijos, que me hace sentir al borde de la responsabilidad por tener tanta información de gente que recién conozco. La noche ahora está a quince minutos, estoy cerca pero no tengo luces, tengo poco abrigo y está empezando a bajar el frío. Me voy antes de que se haga de noche y el aire helado se pone tibio, no sé si soy yo que entro en calor o es la cercanía del asfalto.

Llego a casa; ya es de noche. Le estoy contando a mi mamá, y suena el teléfono: Omar. Que ya le había dado agua a los animales, que se había hecho de noche y estaba volviendo a la casa y se acordó y quería saber si había llegado bien. Que se había puesto frío, que estaba pensando en si había tenido frío a la vuelta. Que quería saber si había llegado bien.

Esto es lo más parecido a estar de viaje.

Eso pensé.

Autora

Me gusta ver este blog como un espacio en el que compartir mis viajes para animarte a que vos también te lo hagas. Vas a encontrar historias, fotos, info útil y consejos para te animes y des el primer paso.

Escribe un comentario